Reflexión suscitada por la lectura del libro El clan del oso cavernario de Jean Auel por David Tena García, integrante del círculo de lectura La República Lectora
INVITACIÓN A LEER… Y A VER
EL MISTICISMO EN LA NOVELA “EL CLAN DEL OSO CAVERNARIO”.
AUEL, Jean M. El clan del oso cavernario.- Océano, 1980.
SINOPSIS:
Basándose en las últimas evidencias de la investigación científica y antropológica de su época nos presenta una muy interesante y amena reconstrucción de cómo pudo haber sido la vida del ser humano en la antigüedad prehistórica (35 000 a 25 000 A.C.). Acompañando a un clan de Neandertales que adoptan a una niña Cromagnón huérfana, recrea detalladamente una gran cantidad de facetas de su existencia cotidiana: desde las costumbres de caza y recolección, pasando por su vivienda, la fabricación de armas y utensilios diversos hasta su rudimentaria organización social, sexualidad, lenguaje por señas y gestos, así como su vida espiritual.
COMENTARIO
Como en toda novela, en ésta se mezclan una gran cantidad de información y datos reales fruto de la investigación antropológica de la época en que fue escrita (1980) con la prolífica imaginación de la autora. Podemos decir que los datos científicos en que se basa ya han sido ampliamente rebasados por las investigaciones actuales que disponen de una gama mucho más amplia de recursos tecnológicos. No obstante, desde mi punto de vista, son numerosos los filones de reflexión temática que nos ofrece: Geología, Antropología, Medicina y Herbolaria, Zoología, Sociología, Religión y Misticismo y muchos más.
Aquí, solamente voy a tratar de focalizar los principales elementos religiosos y místicos que permean el desarrollo de toda la trama de la narración. Si nos atenemos a una de las acepciones del término misticismo, según la Real Academia Española, como: “Estado extraordinario de perfección religiosa, que consiste esencialmente en cierta unión inefable del alma con Dios por el amor, y va acompañado accidentalmente de éxtasis y revelaciones”, resulta claro que, a pesar del gran primitivismo de estos grupos sociales, o precisamente por esa razón, sus relaciones con “el mundo de los espíritus” eran fundamentales, esenciales para guiar y decidir el sentido de la mayor parte de sus acciones en todos los ámbitos de su existencia.
La jerarquía del mago o Mog-ur del clan, solamente por debajo del Jefe, podía rebasar en muchas ocasiones inclusive el poder de éste, pues sus opiniones se basaban nada menos que en un contacto directo con los espíritus. Estas entidades abstractas organizaban y daban cohesión al pequeño mundo del clan. Eran el origen, el centro y la razón de ser de todos y de todo lo existente.
La subsistencia del clan dependía totalmente de los elementos de la naturaleza circundante, es decir, de una gran variedad de especies vegetales y animales, con los cuales tenían que estar muy familiarizados. Especialmente la curandera del pequeño grupo (entre 20 y 30 individuos), quien era el tercer elemento fundamental en la vida grupal, tenía un conocimiento asombroso de las plantas, características y usos medicinales de sus raíces, tallos, hojas, flores y frutos. Era un conocimiento, más que adquirido, heredado por las mujeres de la estirpe o dinastía de curanderas, en forma de memoria atávica; un cúmulo de información al que podían asomarse y aprovechar de una manera casi automática.
Esto me hace recordar a María Sabina, curandera oaxaqueña y contemporánea nuestra, quien decía que ella podía leer en un “Gran Libro”, prácticamente la totalidad de los remedios naturales que aplicaba a sus pacientes.
Cada uno de los miembros del clan se encontraba bajo la tutela y protección de un espíritu animal, designado por el Mog-ur a los pocos días de su nacimiento. De igual manera el clan, como un todo, tenía un tótem, en este caso el Oso Cavernario, que compartía con un grupo de clanes vecinos. Solamente el mago podía establecer comunicación con el tótem grupal y sus designios u órdenes eran definitivas, inapelables, pues se basaban en los deseos de dicho espíritu. Por lo tanto, era de la máxima importancia mantener contentos a los tótems, no contradiciéndolos y actuando siempre bajo sus lineamientos o, de lo contrario, sufrir terribles consecuencias.
Bajo el predominio de un pensamiento animista, su vida era simple y tendía, sobre todo, a la satisfacción de sus necesidades más básicas. Pero al mismo tiempo la magia y sus relaciones con lo divino estaban siempre presentes.
Los rituales, las ceremonias eran sagrados y obligatorios para hombres y mujeres y los castigos para quien se apartara de las normas podían ser tan brutales como la maldición de muerte, decretada por el jefe y “ejecutada” por el Mog-ur.
Este castigo consistía en lo siguiente: una vez decidida la “muerte” de un miembro del clan, éste era totalmente ignorado por todos; se volvía inexistente, transparente a los ojos de los demás. Estaba prohibido y era penalizado verlo; realmente creían que ese cuerpo ya no existía y que sólo quedaba un espíritu maldecido, sin alma, sin sustancia (como una especie de holograma). Por supuesto que no había quien pudiera tolerar una absoluta marginación como ésta; él o ella se sentían obligados a abandonar el clan y podían llegar incluso hasta el suicidio.
A lo largo de la novela abundan ejemplos de cómo estas creencias, heredadas de generación en generación, eran sagradas respetadas por todos y determinantes en las pequeñas cosas y en los grandes sucesos de la vida de estos hombres primitivos.
Para concluir este comentario voy a hacer referencia a una ceremonia grupal, de gran belleza y profundo significado, que realizaban los hombres únicamente.
Bajo los efectos de una infusión de datura (planta medicinal y alucinógena) y con la guía del Mog-ur, apoyados por el rítmico golpeteo de sus lanzas contra el suelo, alcanzaban una especie de trance, una regresión y una comunión. Así lo describe la autora:
“En aquella noche oscura y tranquila iluminada por antiguas estrellas, unos pocos hombres experimentaron visiones imposibles de describir. No las veían, eran ellas. Experimentaban las sensaciones, veían con los ojos y recordaban los comienzos pavorosos. Desde las profundidades de sus mentes encontraban los cerebros sin desarrollar de criaturas del mar flotando en su ámbito salino y caliente. Sobrevivieron al dolor de su primer aliento de aire y se volvieron anfibios compartiendo ambos elementos, porque reverenciaban al oso cavernario. Mog-ur evocó a un mamífero primordial —el antepasado que generó a ambas especies y a muchísimas más— y fusionó la unidad de sus mentes con el principio del oso.
Entonces, recorriendo las eras, se convirtieron sucesivamente en cada uno de sus progenitores y sintieron a los que divergían hacia otras formas. Eso les dio conciencia de su relación con toda la vida que hay en la tierra, y la veneración que fomentaba inclusive respecto a los animales que mataban y consumían constituía la base del parentesco espiritual que los relacionaba con sus tótems.”
David Tena García.
28 de octubre, 2020.



