martes, 29 de septiembre de 2020

LA MAGIA DE UNA PANDEMIA

Texto ganador del 1er. Concurso de Cuento Breve "Experiencias de nuestra ciudad"


Por Olivia Alejos "Oliyol"


Desperté con un sobresalto —¡No se levante!— me gritó la enfermera. Al abrir los ojos me sorprendí, pensé que no saldría viva de la cirugía y allí estaba, sentada en la mesa quirúrgica, vestida con una bata verde y rodeada de médicos y enfermeras.

La cirugía fue todo un éxito, la resección del tumor cerebral fue completa y las secuelas son mínimas pero no dejan de entristecerme. La pérdida de equilibrio y coordinación no me permiten moverme y hablar bien, tener la independencia y la autosuficiencia a la que estaba acostumbrada. 

Esto me fue minando la alegría y los deseos de vivir. ¿Qué sentido tenía vivir si tenía que depender de otros hasta para las actividades básicas? Acostumbrada a ser proveedora dentro de la familia, ¿cómo iba a generar ingresos? Una fuerte depresión se apodero de mí y al parecer la vida me volvía a tender una nueva jugarreta: la pandemia del COVID 19.

El miedo me sobrecogió: las secuelas de la cirugía, la hipertensión, la prediabetes y la edad son factores de alto riesgo de contraer la enfermedad. Acostumbrada a ir y venir, a involucrarme en muchas actividades fuera de casa y ahora el confinamiento… ¿por qué me está pasando todo esto?

El encierro comenzó a hacer estragos en mi estado emocional: ¡¿qué voy a hacer?! No tengo dinero para comprar artículos de primera necesidad, ropa, darme lujos y cumplir antojos. Me angustiaba al escuchar las noticias: tantas muertes, tantos contagios, comienzan a escasear los productos y alimentos; mi familia a cien kilómetros de distancia, sin poder visitarlos, ni a mis amigos; mis hijos sin trabajo…y yo, sin poder hacer nada.

Pero dicen que no hay mal que por bien no venga. El quedarme en casa al principio era insoportable pero, poco a poco, comencé a disfrutar de la tranquilidad, del silencio y la paz que reina en mi entorno.

Comencé a descubrir la belleza del color azul del cielo, de lo hermosa que es mi casa, de la magnificencia de la naturaleza y las maravillas que este mundo nos ofrece; de la inagotable creatividad del hombre logrando avances increíbles en la ciencia y la tecnología; de la grandeza del poder de los valores humanos como la solidaridad, el altruismo, el sacrificio y el valor del compromiso moral.

Comencé a descubrir nuevas formas de relacionarme con mis hijos, mis padres y mis hermanos y fortalecer los lazos de amor y confianza que hay entre nosotros; me di cuenta de cuan afortunada soy de tener los amigos que tengo.

Y comencé a reconocerme y aceptarme; a amarme y valorarme; a reinventarme y a ponerme retos y crear nuevas formas de sentirme útil y productiva.

Y heme aquí, escribiendo estas líneas… ¡Bendita pandemia! 


A LA ESPERA DE MI MORENA

Texto participante del 1er. Concurso de Cuento Breve "Experiencias de nuestra ciudad"

Por Anivdelarev López

No, no quería que ella saliera, pero no había de otra, pues la leche, los huevos, la carne y el cereal ya se habían acabado. Ni modo. No puedo ser yo, el citius, altius, fortius de esta pequeña gran familia: un núcleo social microscópico compuesto de solo tres elementos básicos: ella, la que salió, una linda morena que resiste y aguanta mis (creo que) ocasionales descolocaciones y contradicciones, la quiero mucho aunque a veces no tanto, vamos, lo normal de las parejas; nuestra mascota, esa tierna bola de pelos que esparce sus finísimas fibras de queratina por todos lados y que alguna vez me dio una terrible dentellada que insensibilizó para siempre la terminación nerviosa de uno de mis dedos, no importa, la adoro; y yo, el más rápido (eso creo), más alto y más fuerte de todos ellos que, ahora en estas circunstancias, resulta que paradójicamente soy el menos apto para salir y encarar a lo que hay afuera.

Tan solo unos meses atrás, el espectro siniestro del hada de los huesos y los gusanos irrumpió más escandalosa de lo habitual con su tétrico instrumento por estos lares. La poca elegancia de sus modos en el uso de la guadaña segó toscamente la vida de incautos y desidiosos de su salud corporal; décadas de mercantilizar la alimentación sin ningún tipo de regularización ni el acompañamiento de campañas educativas serias de nutrición y prevención tuvieron sus consecuencias en estas tierras ancestrales del Anáhuac.

Es así que se dieron las condiciones para el sanguinario campo de batalla; se enfrentaron el sobrepeso y la obesidad contra la salvaje dama de los prominentes pómulos, fue una batalla difícil con bajas importantes del lado de los corpulentos; los corazones desbocados por la hipertensión también se las vieron duras con los ágiles movimientos del ser albino carente de palpitaciones; el recurso de vomitar azúcar sobre sus rivales diabéticos le significó a la delgadísima dama ganar no pocas partidas. ¡Ah!, además, algo se trae aquella flaca contra los portadores de los cromosomas XY, pues se le ve más animosa en la guerra contra los varones que contra las féminas.

A pesar de todo lo anterior, esta señora no ha podido darse el gran festín de su vida (ejem) por la obligada cuarentena en la que vivimos los habitantes de aquí y del resto de la Tierra; es así que estamos confinados en nuestras casas: unos más que otros, otros menos que unos; como sea, la actividad laboral y económica del mundo se ha reducido y con ello también las posibilidades de un contagio de intensidad y magnitud mucho mayores.

Sigo en casa a la espera, junto con la bolita de felpa, de mi morena; mientras tanto me ejercito con trote estático; el departamento no es muy grande; ya he bajado unos kilos, pero no es suficiente, aún tengo inconvenientemente muchos encima; no desespero, voy mejorando mis números —vaya que estoy sudando— ¡me canso ganso!

FIN





JESÚS, MARÍA Y JOSÉ

Texto participante del 1er. Concurso de Cuento Breve "Experiencias de nuestra ciudad"


Por Itzayán Kudai
 

María y su esposo Jesús eran una pareja de sexagenarios.

Al enterarse que existía la pandemia, el miedo al contagio surgió en ellos; era tal su temor que no tenían tranquilidad en su vivir cotidiano; tenían su propio decreto, el cual consistía en: No salir, si tocaban el timbre a nadie abrían.

Cuando necesitaban comprar alimentos los pedían por teléfono y cuando llegaban a entregárselos, tal era su cautela que quien recibía el pedido, antes, se colocaba: lentes, gorra, guantes, mascarilla, cubrebocas y bata, por cierto, toda la puesta era desechable.

María era contadora y Jesús era empleado administrativo en la misma compañía que laboraban cuando se conocieron. Tuvieron un hijo, que luego se graduaría con honores, y ahora él vivía en Bélgica. Eran felices; pero la aparición de la epidemia causaría estragos en ellos y su feliz vivir se iría al traste.

Al enterarse de la muerte de una de sus amistades por coronavirus dejaron de hacer vida social. El motivo: Jesús es diabético, María está excedida de peso.

Estaban asustados.

María tosió una vez, dos veces, tres veces y su cara se descompuso con tremendo estupor.

—Jesús, Jesús —gritó ella.

—Te escuché toser —él que no estaba lejos, le respondió con cierta preocupación.

—¡Oh, sí! Creo que ya me dio. Luego, luego que tosí sentí dolor en el pecho y dificultad para respirar, ¡pronto, dame un dulce para saber si todavía percibo su sabor!

Jesús se acercó con recelo a ella y le arrojó un dulce; ella lo atrapó, en seguida se lo llevó a la boca y asustada gritó:

—¡Esto no me sabe a nada! —y llorando repitió trémula—: ¡A nada! ¡qué barbaridad, qué barbaridad! —con la cara descompuesta susurró— ¡Ya me dio!

—Qué hacemos, ¿quieres que vayamos a urgencias?

—¿Qué? ¡No, claro que no! ¿Acaso quieres que ya me muera?

—No, no es por eso —contestó Jesús— o qué quieres que hagamos.

—¿Te acuerdas de José? —dijo pensativa y triste.

—¿José?, mmm… es que conocemos a muchos Josés.

—Me refiero al que te atendió cuando te caíste.

—¡Ah, sí! El médico, lo recuerdo.

—¿Tienes su teléfono?

—Creo que sí, buscaré en mi agenda. Mmm… sí, aquí está. ¿Quieres que lo llame?

—Pues sí o qué se te ocurre hacer.

—Está bien, lo llamaré — dijo Jesús, quien marcó al galeno y después de un breve intercambio de palabras colgó.

—Bueno, pues ya viene. Me dijo que en dos horas porque está atendiendo a otro paciente.

—¡Oh no! —exclamó ella— ¿y si nos trae el contagio? ¡mejor que no venga!

—Pues ya lo llamé; lo esperaré con el spray y el cloro para los zapatos.


Tiempo después el doctor llegó, y fue recibido con suma precaución.

—Muy bien, vamos a ver a la enferma — dijo el médico.

Ella lo recibió llorando y con las manos en la garganta, a lo cual el doctor comentó:

—Mal asunto.

José tomó los signos vitales de María, después revisó su garganta, oídos, nariz y él pensativo comentó:

—Pues no encuentro nada.

—Pero doctor ¿cómo que nada, si no puedo respirar?

—Mira María —dijo José— es un ataque de ansiedad lo que estás padeciendo. Estás muy alterada, aun cuando no tienes por qué; sin embargo, te comprendo; he visitado a pacientes en situación similar a la tuya. Mi consejo es que estés tranquila —y dirigiéndose a los dos, dijo— déjenme contarles lo que ocurrió con uno de mis pacientes. Hace algunas semanas me llamaron para asistirlo, estaba aterrado, se sofocaba. Su familia me platicó que él estaba tan inquieto que no quiso esperarme. Él gritaba que lo llevaran a urgencias porque sentía que se moría…

El médico guardó silencio por un momento, para después continuar:

—Apenas salió de su casa, cayó muerto.

La pareja miró al galeno con ojos desorbitados.

—Pero saben qué fue lo peor, que no tenía por qué suceder eso, porque lo que lo mató con toda probabilidad fue un ataque de pánico que paralizó su corazón. Eso no nos puede pasar. No podemos permitirnos morir de miedo. La enfermedad es de cuidado, pero no puede impedirnos el disfrute de la vida. Sigan esta dieta, hagan ejercicio de forma moderada y claro, no se preocupen demás. Quiero verlos más relajados y animados. No pierdan la esperanza —José, como buen doctor, les regaló más palabras alentadoras.

Y más tranquilos y contentos se despidieron: Jesús, María y José.

FIN



DESDE MI TRINCHERA

Texto participante del 1er. Concurso de Cuento Breve "Experiencias de nuestra ciudad"


Por María Edith Esquivias Carrillo

Todos los días cambian; son ligeramente diferentes a una rutina. Pero un día inesperado, sin pensarlo, mi mundo cambió y el de mucha gente sin que pudiéramos comprender cómo, en un abrir y cerrar de ojos, la llegada de un virus llamado coronavirus COVID-19 tomó el control y el poder de la humanidad completa, del planeta Tierra.

Se supone mucho de ese bicho y se sabe tan poco. Se dice que inició en China y en menos de tres meses invadió más del 70% del planeta convirtiéndose en pandemia.

En México se nos dijo que nos ponen en cuarentena en marzo (2020), estamos en septiembre y seguimos confinados; muchas cosas han pasado.

Todos los días pasan tan lentos. Amanece, anochece. Los primeros días tratando de ocuparnos en casa y luchando porque el optimismo no nos abandone. En las noticias poca información que nos anime, solo dan cifras y cifras, y yo pienso que necesitamos información que nos dé luz.

Las cifras de cuántos muertos, cuántos contagiados no es un aliciente. Las indicaciones sanitarias dicen: cubre bocas, lavado de manos y sana distancia para poder vencer el virus. Algunas personas sí hacen caso, pero otras tantas no quieren porque dicen que es mentira.

Así es como estamos, cada día que pasa más cansados y viendo cómo nuestra economía se desgasta. Me parece como un mal sueño: vivir alejados de los hijos, los padres, amigos, un beso, un abrazo cálido. Cuánta razón tiene el dicho “aprendemos a valorar cuando no lo tenemos”. Espero pronto pueda abrazar a mi mamá y hermanos.

En verdad, ver los noticieros es triste, deprimente; los hospitales llenos.

Otra cosa importante, este virus no distingue clases sociales.

Resulta muy costoso el estudio para averiguar si tienes el virus y no hay hospital; fue necesario aprender a atenderlo uno mismo, asesorado vía telefónica o whatsapp por un doctor. La atención en casa aplica remedios caseros junto a los medicamentos, mucha higiene y el aislamiento del paciente. Así lo he vivido hasta hoy.

Más de diez familiares enfermaron y dos de ellos fallecieron, perdieron la batalla.

También aprendimos a cortar cabello, pues imaginen seis meses.

Algo muy bello es que nos reencontramos. Antes con la vida tan aprisa de trabajo y compromisos casi no convivíamos; ahora compartimos los alimentos, platicamos de cosas que permiten conocernos, salimos a la azotea a tomar el fresco de la tarde o a tomar un poco de sol.

Hay cosas rescatables de cuando pasamos tiempos difíciles. No puedo olvidarme de todo lo que me ha ayudado la tecnología de las comunicaciones

ABORTOS

Texto participante del 1er. Concurso de Cuento Breve "Experiencias de nuestra ciudad"


Por Leche Agria


Me despierta el intenso ardor de garganta padecido por días; basta empujar el cartón que funge como pared para escupir lejos. En esta comunidad (casas de madera, desperdicios) vivimos unos cuantos seres agonizantes. Todos los que venimos a caer aquí, aparte de que las rentas exorbitantes no permiten techo, sufrimos alguna alteración de la psique. Unos: filósofos, otros poetas, unos vagos y viciosos, hombres y mujeres, atormentados por su funesto pasado. Y como en toda micro o macro sociedad hay un líder: Don Sebas se encarga de gestionar la ayuda gubernamental, también del vicio. Trajo las máscaras en estos tiempos de enfermedades, además de las inyecciones quita dolores; yo, la verdad puedo valerme todavía y, con lo esporádico de su ayuda y el talón de la cantada, la iba llevando hasta que vino el bicho aquel. Caminaba mis kilómetros al subterráneo más cercano, rengo por la falta de suela y la falta de alimento. Primero había que solicitar caridad para poder pagar el comedor popular; ya llena una muela se podía ir a gandulear o jugar dominó y apostar unos centavos. Todo eso terminó hace meses. Quedaron unos centavos, pero me los gasté en Griselda, la madre soltera que te hacía el favor de apaciguar las mareas. No me impresionaba que otros vecinos se dedicaran a vender yerba medicinal, la inspiración se obtenía de ahí y como ya lo mencioné queríamos fugarnos de lo cotidiano, de los recuerdos de antaño. A veces jugábamos como chiquillos la cascarilla de a cartón de Gracielas, el ganador inflaba la mitad, los otros una. Fue en ese idílico ambiente, que se vino abajo, cuando llegaron de sabrá dónde a querer sacarnos a todos y como balón rodamos de allá para acá con las pocas cosas que portábamos, nos enteramos después que ahí construirían un laboratorio para producir vacunas. Qué más da, acostumbrados como nómadas todo terreno no nos rendiríamos tan fácil, la vida ya había sido tan cruel con nosotros como para darle gusto. No fuimos tan lejos, sólo cambió lo reducido del bajo puente. Don Sebas se largó, pero nos dejó unos centavos para empezar de nuevo o continuar con el vicio. Yo empezaba a enviciarme, pero la muerte repentina de Gris y la orfandad de sus creaturas me partían el corazón. No fue el bicho aquel, no; bajo el puente las ratas portaban otros animalejos que te chupaban a cualquier hora la sangre y con dos bocas más que alimentar creo que lo mejor que pude hacer es fugarme de ahí —no son mis hijos, no es mi problema— y si Gris me ve desde el más allá protegería a sus infantes antes que hacerme un mal. El karma me siguió, porque al regresar por remordimiento los chicuelos ya habían expirado dispuestos acompañar a su madre. Joaquín uno de los pocos sobrevivientes me puso al tanto de toda esa escena de terror y me recomendó regresar de donde vine. Ni gobierno ni autoridades locales prestaban más ayuda a nosotros los hambreados, era como dejar animales moribundos caer por sí solos al mismo infierno y borrar nuestras inútiles vidas de la faz de la Tierra; por mucha voluntad de seguir viviendo ¿para quién? no saldríamos de aquí en generaciones. Todos estaban más preocupados en quedarse en casa y engordar que darle migajas a las ratas que deambulaban por su propiedad y sus privilegios. Dicen que mueren muchos, que las chimeneas humean más que los autos ricos y pobres, aunque nosotros morimos de otras enfermedades, no del bicho aquel. Así he sobrevivido esta cuarentena, con gripe e infestado de garrapatas de los vecinos que me perdonaron la cobardía de abandonar menores, solo pidieron que me estrangularan cuando me recuperase.

FIN

sábado, 26 de septiembre de 2020

¿QUÉ DÍA ES HOY?


Texto ganador del 1er. Concurso de Cuento Breve "Experiencias de nuestra ciudad"

Por Violeta



No sé que día es hoy, desde hace tiempo dejé de preguntármelo.

Estoy en mi pueblo, en el patio de mi casa, entre los árboles y con mis pensamientos; empieza a oscurecer, suena mi teléfono, es un amigo quien me cuenta que tuvo COVID-19 por 25 días. En ese lapso sintió mucho dolor físico en todo el cuerpo, angustia por no poder respirar y mucha tristeza. Una noche le pidió a Dios morir, lo deseaba antes que seguir con sus dolencias; otra noche platicó con su cuerpo adolorido, le recordó cuánto le había amado, cuánto le había cuidado desde que llegó a la adolescencia; en ambas noches solo pidió un poco de paz, si es que ésta existía. Al otro día descubrió que había regresado su olfato, lloró de alegría y dio gracias al Cielo por ese privilegio que tenía. No sabía como agradecerlo.

Al mismo tiempo que conversábamos, empezó a sonar el silbato de la fábrica (que produce azúcar) y que se escucha en todo el pueblo, era algo inusual por la hora, no sabía que anunciaba, pero los vecinos estaban quietos, supuse que no era algo grave, después me dijeron que estaban enterrando a un trabajador que había fallecido por COVID y el sonido del silbato era una forma de despedir a un compañero, vecino y amigo. Ya no hay misas, ni rezos. Puedo entender el dolor de su familia, los rituales están prohibidos y solo queda el silencio.

Estoy en un hospital, una mujer de edad mayor se acerca al médico y le pregunta: ¿Cuándo falleció mi esposo doctor?, ¿fue ayer?, ¿fue hoy?, ¿a qué hora? Necesita saberlo, según dice "dentro de un año si Dios lo permite se le haga su misa y todo lo que hoy no puedo hacer". Y pienso que todavía hay una esperanza para despedir al que se ha marchado de forma intempestiva, para estar en paz en nuestras vidas.

Un día que no recuerdo, descubrí una nueva utilidad del cubrebocas, ayuda a ocultar de tu rostro, las lágrimas que se asoman en cualquier momento. Nadie te mira extrañado, nadie cuestiona tu silencio. Solo te mira Dios, que está encerrado en su Iglesia con un candado muy pesado que impide que estemos dentro. Ambos estamos guardados y yo con mis miedos intensos. 

Ya no recuerdo el día en que estoy afuera, siempre mirando hacia el Cielo y no sé porque a veces tengo la impresión que Jesús mira hacia otro lado… solo espero que esté cuidando de sus enfermos.

F i n





viernes, 25 de septiembre de 2020

PEDRO Y SU NUEVA NORMALIDAD

Texto participante del 1er. Concurso de Cuento Breve "Experiencias de nuestra ciudad"



Por David Tena García — 25 de agosto de 2020


Cuando Pedro despertó y a tientas oprimió el botón de su celular la pantalla se iluminó mostrando la hora brillante: las cinco y diez. Esa noche había logrado dormir mejor porque en algunas ocasiones a las tres o las cuatro de la madrugada ya no lograba conciliar el sueño y decidía levantarse.

"Otro día más enmedio de este encierro", pensó, y empezó a discurrir la manera de llenar ese bloque de dieciocho horas o más que tenía por delante: Un poco de ejercicio en su cuarto; revisar las noticias del día en el periódico digital; realizar algún trabajo de limpieza o de mantenimiento y atender los pendientes del trabajo que realizaba en casa. Siempre lo mismo, parecía que la diferencia entre los días se había borrado y ahora sólo tenía ante él una existencia plana, gris, indiferenciada...

Las medidas preventivas que las autoridades sanitarias recomendaban desde  hacía más de cinco meses ya se le hacían ominosas y no veía para cuando su ciudad iba a poder pasar del semáforo rojo o naranja hasta el ansiado verde. La higiene de manos, la alimentación sana, cuidarse de los cambios bruscos de temperatura... todo éso era relativamente fácil de incorporar pues, con la repetición frecuente se volvían hábitos.

Pero formar parte de la población más vulnerable y el no poder salir de casa más que cuando fuera estrictamente indispensable, éso sí que era difícil de aceptar y no es precisamente que Pedro fuera un "pata de perro". El se consideraba más bien, un hombre hogareño, tranquilo, sedentario. Rebasaba ya los sesenta años y, además de la convivencia con su familia, no frecuentaba a otras personas. Prácticamente no tenía amigos e incluso le costaba trabajo animarse a convivir con otros, fuera en grupo o en forma individual.

¿Qué añoraba entonces? ¿Para qué quería salir de su casa? Pues sobre todo extrañaba sus caminatas matinales, el corto paseo que solía dar por la orilla del arroyo cercano; sentir el aire  fresco de la mañana sobre su rostro, contemplar los matices del verde de la vegetación, admirar a algún petirrojo  austadizo que volaba al notar su presencia. Se había vuelto importante para él atestiguar el estreno de un nuevo día con el tibio sol mañanero iluminando ese pequeño trozo del universo donde él vivía, mirar los cambios de coloración de las nubes y del cielo hasta que predominaba ese azul vivo, limpio, hermoso; refrescar  el estremecimiento placentero que le producía mirar a lo lejos las siluetas de los cerros. Casi siempre eso era todo, regresaba a su casa y no volvía a salir hasta el día siguiente.

Pero afortunadamente, enmedio de ese hastío asfixiante Pedro logró reaccionar y se dijo que no era cosa de dejarse vencer por la tristeza o el desánimo. Ante el panorama de la evolución de la pandemia, cada vez era más claro para él que, aún con el semáforo verde, la "vieja normalidad" ya no iba a regresar y que ahora tenía que tomar un papel muy activo para CONSTRUIR SU PROPIA NUEVA NORMALIDAD.

Había que poner manos a la obra para ayudarnos a nosotros mismos y, cada quien con nuestro estilo o sello particular, rescatar o reconstruir una a una, todas las áreas de nuestra vida cotidiana: empezando por un estado de ánimo más optimista, con  esperanza y entusiasmo pero sobre todo con trabajo y perseverancia para descubrir esos filones de cosas interesantes que hacer o en qué pensar; para fortalecer  o enriquecer nuestros vínculos de comprensión y de amor con nuestros seres cercanos, sean familiares, amigos o simplemente conocidos.

En fin, retomar con ánimos renovados la exploración de los senderos y de los misterios de ésto que llamamos VIDA y que es lo más valioso que tenemos.

 



A partir de Harpur y de Aureliano

Breve síntesis y opinión de lecturas de Patrick Harpur por Álex Cadena, integrante del Círculo de Lectura Doctor Germán Andrade A partir de ...