Texto ganador del 1er. Concurso de Cuento Breve "Experiencias de nuestra ciudad"
Por Violeta
Estoy en mi pueblo, en el patio de mi casa, entre los árboles y con mis pensamientos; empieza a oscurecer, suena mi teléfono, es un amigo quien me cuenta que tuvo COVID-19 por 25 días. En ese lapso sintió mucho dolor físico en todo el cuerpo, angustia por no poder respirar y mucha tristeza. Una noche le pidió a Dios morir, lo deseaba antes que seguir con sus dolencias; otra noche platicó con su cuerpo adolorido, le recordó cuánto le había amado, cuánto le había cuidado desde que llegó a la adolescencia; en ambas noches solo pidió un poco de paz, si es que ésta existía. Al otro día descubrió que había regresado su olfato, lloró de alegría y dio gracias al Cielo por ese privilegio que tenía. No sabía como agradecerlo.
Al mismo tiempo que conversábamos, empezó a sonar el silbato de la fábrica (que produce azúcar) y que se escucha en todo el pueblo, era algo inusual por la hora, no sabía que anunciaba, pero los vecinos estaban quietos, supuse que no era algo grave, después me dijeron que estaban enterrando a un trabajador que había fallecido por COVID y el sonido del silbato era una forma de despedir a un compañero, vecino y amigo. Ya no hay misas, ni rezos. Puedo entender el dolor de su familia, los rituales están prohibidos y solo queda el silencio.
Estoy en un hospital, una mujer de edad mayor se acerca al médico y le pregunta: ¿Cuándo falleció mi esposo doctor?, ¿fue ayer?, ¿fue hoy?, ¿a qué hora? Necesita saberlo, según dice "dentro de un año si Dios lo permite se le haga su misa y todo lo que hoy no puedo hacer". Y pienso que todavía hay una esperanza para despedir al que se ha marchado de forma intempestiva, para estar en paz en nuestras vidas.
Un día que no recuerdo, descubrí una nueva utilidad del cubrebocas, ayuda a ocultar de tu rostro, las lágrimas que se asoman en cualquier momento. Nadie te mira extrañado, nadie cuestiona tu silencio. Solo te mira Dios, que está encerrado en su Iglesia con un candado muy pesado que impide que estemos dentro. Ambos estamos guardados y yo con mis miedos intensos.
Ya no recuerdo el día en que estoy afuera, siempre mirando hacia el Cielo y no sé porque a veces tengo la impresión que Jesús mira hacia otro lado… solo espero que esté cuidando de sus enfermos.

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