Texto participante del 1er. Concurso de Cuento Breve "Experiencias de nuestra ciudad"
Por Leche Agria
Me despierta el intenso ardor de garganta padecido por días; basta
empujar el cartón que funge como pared para escupir lejos. En esta comunidad
(casas de madera, desperdicios) vivimos unos cuantos seres agonizantes. Todos
los que venimos a caer aquí, aparte de que las rentas exorbitantes no permiten
techo, sufrimos alguna alteración de la psique. Unos: filósofos, otros poetas,
unos vagos y viciosos, hombres y mujeres, atormentados por su funesto pasado. Y
como en toda micro o macro sociedad hay un líder: Don Sebas se encarga de
gestionar la ayuda gubernamental, también del vicio. Trajo las máscaras en
estos tiempos de enfermedades, además de las inyecciones quita dolores; yo, la
verdad puedo valerme todavía y, con lo esporádico de su ayuda y el talón de la
cantada, la iba llevando hasta que vino el bicho aquel. Caminaba mis kilómetros
al subterráneo más cercano, rengo por la falta de suela y la falta de alimento.
Primero había que solicitar caridad para poder pagar el comedor popular; ya
llena una muela se podía ir a gandulear o jugar dominó y apostar unos centavos.
Todo eso terminó hace meses. Quedaron unos centavos, pero me los gasté en
Griselda, la madre soltera que te hacía el favor de apaciguar las mareas. No me
impresionaba que otros vecinos se dedicaran a vender yerba medicinal, la
inspiración se obtenía de ahí y como ya lo mencioné queríamos fugarnos de lo
cotidiano, de los recuerdos de antaño. A veces jugábamos como chiquillos la
cascarilla de a cartón de Gracielas, el ganador inflaba la mitad, los otros
una. Fue en ese idílico ambiente, que se vino abajo, cuando llegaron de sabrá
dónde a querer sacarnos a todos y como balón rodamos de allá para acá con las
pocas cosas que portábamos, nos enteramos después que ahí construirían un
laboratorio para producir vacunas. Qué más da, acostumbrados como nómadas todo
terreno no nos rendiríamos tan fácil, la vida ya había sido tan cruel con
nosotros como para darle gusto. No fuimos tan lejos, sólo cambió lo reducido
del bajo puente. Don Sebas se largó, pero nos dejó unos centavos para empezar
de nuevo o continuar con el vicio. Yo empezaba a enviciarme, pero la muerte
repentina de Gris y la orfandad de sus creaturas me partían el corazón. No fue
el bicho aquel, no; bajo el puente las ratas portaban otros animalejos que te
chupaban a cualquier hora la sangre y con dos bocas más que alimentar creo que
lo mejor que pude hacer es fugarme de ahí —no son mis hijos, no es mi problema—
y si Gris me ve desde el más allá protegería a sus infantes antes que hacerme
un mal. El karma me siguió, porque al regresar por remordimiento los chicuelos
ya habían expirado dispuestos acompañar a su madre. Joaquín uno de los pocos
sobrevivientes me puso al tanto de toda esa escena de terror y me recomendó
regresar de donde vine. Ni gobierno ni autoridades locales prestaban más ayuda
a nosotros los hambreados, era como dejar animales moribundos caer por sí solos
al mismo infierno y borrar nuestras inútiles vidas de la faz de la Tierra; por
mucha voluntad de seguir viviendo ¿para quién? no saldríamos de aquí en
generaciones. Todos estaban más preocupados en quedarse en casa y engordar que
darle migajas a las ratas que deambulaban por su propiedad y sus privilegios.
Dicen que mueren muchos, que las chimeneas humean más que los autos ricos y
pobres, aunque nosotros morimos de otras enfermedades, no del bicho aquel. Así
he sobrevivido esta cuarentena, con gripe e infestado de garrapatas de los
vecinos que me perdonaron la cobardía de abandonar menores, solo pidieron que
me estrangularan cuando me recuperase.
FIN

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