martes, 29 de septiembre de 2020

ABORTOS

Texto participante del 1er. Concurso de Cuento Breve "Experiencias de nuestra ciudad"


Por Leche Agria


Me despierta el intenso ardor de garganta padecido por días; basta empujar el cartón que funge como pared para escupir lejos. En esta comunidad (casas de madera, desperdicios) vivimos unos cuantos seres agonizantes. Todos los que venimos a caer aquí, aparte de que las rentas exorbitantes no permiten techo, sufrimos alguna alteración de la psique. Unos: filósofos, otros poetas, unos vagos y viciosos, hombres y mujeres, atormentados por su funesto pasado. Y como en toda micro o macro sociedad hay un líder: Don Sebas se encarga de gestionar la ayuda gubernamental, también del vicio. Trajo las máscaras en estos tiempos de enfermedades, además de las inyecciones quita dolores; yo, la verdad puedo valerme todavía y, con lo esporádico de su ayuda y el talón de la cantada, la iba llevando hasta que vino el bicho aquel. Caminaba mis kilómetros al subterráneo más cercano, rengo por la falta de suela y la falta de alimento. Primero había que solicitar caridad para poder pagar el comedor popular; ya llena una muela se podía ir a gandulear o jugar dominó y apostar unos centavos. Todo eso terminó hace meses. Quedaron unos centavos, pero me los gasté en Griselda, la madre soltera que te hacía el favor de apaciguar las mareas. No me impresionaba que otros vecinos se dedicaran a vender yerba medicinal, la inspiración se obtenía de ahí y como ya lo mencioné queríamos fugarnos de lo cotidiano, de los recuerdos de antaño. A veces jugábamos como chiquillos la cascarilla de a cartón de Gracielas, el ganador inflaba la mitad, los otros una. Fue en ese idílico ambiente, que se vino abajo, cuando llegaron de sabrá dónde a querer sacarnos a todos y como balón rodamos de allá para acá con las pocas cosas que portábamos, nos enteramos después que ahí construirían un laboratorio para producir vacunas. Qué más da, acostumbrados como nómadas todo terreno no nos rendiríamos tan fácil, la vida ya había sido tan cruel con nosotros como para darle gusto. No fuimos tan lejos, sólo cambió lo reducido del bajo puente. Don Sebas se largó, pero nos dejó unos centavos para empezar de nuevo o continuar con el vicio. Yo empezaba a enviciarme, pero la muerte repentina de Gris y la orfandad de sus creaturas me partían el corazón. No fue el bicho aquel, no; bajo el puente las ratas portaban otros animalejos que te chupaban a cualquier hora la sangre y con dos bocas más que alimentar creo que lo mejor que pude hacer es fugarme de ahí —no son mis hijos, no es mi problema— y si Gris me ve desde el más allá protegería a sus infantes antes que hacerme un mal. El karma me siguió, porque al regresar por remordimiento los chicuelos ya habían expirado dispuestos acompañar a su madre. Joaquín uno de los pocos sobrevivientes me puso al tanto de toda esa escena de terror y me recomendó regresar de donde vine. Ni gobierno ni autoridades locales prestaban más ayuda a nosotros los hambreados, era como dejar animales moribundos caer por sí solos al mismo infierno y borrar nuestras inútiles vidas de la faz de la Tierra; por mucha voluntad de seguir viviendo ¿para quién? no saldríamos de aquí en generaciones. Todos estaban más preocupados en quedarse en casa y engordar que darle migajas a las ratas que deambulaban por su propiedad y sus privilegios. Dicen que mueren muchos, que las chimeneas humean más que los autos ricos y pobres, aunque nosotros morimos de otras enfermedades, no del bicho aquel. Así he sobrevivido esta cuarentena, con gripe e infestado de garrapatas de los vecinos que me perdonaron la cobardía de abandonar menores, solo pidieron que me estrangularan cuando me recuperase.

FIN

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

A partir de Harpur y de Aureliano

Breve síntesis y opinión de lecturas de Patrick Harpur por Álex Cadena, integrante del Círculo de Lectura Doctor Germán Andrade A partir de ...