martes, 29 de septiembre de 2020

JESÚS, MARÍA Y JOSÉ

Texto participante del 1er. Concurso de Cuento Breve "Experiencias de nuestra ciudad"


Por Itzayán Kudai
 

María y su esposo Jesús eran una pareja de sexagenarios.

Al enterarse que existía la pandemia, el miedo al contagio surgió en ellos; era tal su temor que no tenían tranquilidad en su vivir cotidiano; tenían su propio decreto, el cual consistía en: No salir, si tocaban el timbre a nadie abrían.

Cuando necesitaban comprar alimentos los pedían por teléfono y cuando llegaban a entregárselos, tal era su cautela que quien recibía el pedido, antes, se colocaba: lentes, gorra, guantes, mascarilla, cubrebocas y bata, por cierto, toda la puesta era desechable.

María era contadora y Jesús era empleado administrativo en la misma compañía que laboraban cuando se conocieron. Tuvieron un hijo, que luego se graduaría con honores, y ahora él vivía en Bélgica. Eran felices; pero la aparición de la epidemia causaría estragos en ellos y su feliz vivir se iría al traste.

Al enterarse de la muerte de una de sus amistades por coronavirus dejaron de hacer vida social. El motivo: Jesús es diabético, María está excedida de peso.

Estaban asustados.

María tosió una vez, dos veces, tres veces y su cara se descompuso con tremendo estupor.

—Jesús, Jesús —gritó ella.

—Te escuché toser —él que no estaba lejos, le respondió con cierta preocupación.

—¡Oh, sí! Creo que ya me dio. Luego, luego que tosí sentí dolor en el pecho y dificultad para respirar, ¡pronto, dame un dulce para saber si todavía percibo su sabor!

Jesús se acercó con recelo a ella y le arrojó un dulce; ella lo atrapó, en seguida se lo llevó a la boca y asustada gritó:

—¡Esto no me sabe a nada! —y llorando repitió trémula—: ¡A nada! ¡qué barbaridad, qué barbaridad! —con la cara descompuesta susurró— ¡Ya me dio!

—Qué hacemos, ¿quieres que vayamos a urgencias?

—¿Qué? ¡No, claro que no! ¿Acaso quieres que ya me muera?

—No, no es por eso —contestó Jesús— o qué quieres que hagamos.

—¿Te acuerdas de José? —dijo pensativa y triste.

—¿José?, mmm… es que conocemos a muchos Josés.

—Me refiero al que te atendió cuando te caíste.

—¡Ah, sí! El médico, lo recuerdo.

—¿Tienes su teléfono?

—Creo que sí, buscaré en mi agenda. Mmm… sí, aquí está. ¿Quieres que lo llame?

—Pues sí o qué se te ocurre hacer.

—Está bien, lo llamaré — dijo Jesús, quien marcó al galeno y después de un breve intercambio de palabras colgó.

—Bueno, pues ya viene. Me dijo que en dos horas porque está atendiendo a otro paciente.

—¡Oh no! —exclamó ella— ¿y si nos trae el contagio? ¡mejor que no venga!

—Pues ya lo llamé; lo esperaré con el spray y el cloro para los zapatos.


Tiempo después el doctor llegó, y fue recibido con suma precaución.

—Muy bien, vamos a ver a la enferma — dijo el médico.

Ella lo recibió llorando y con las manos en la garganta, a lo cual el doctor comentó:

—Mal asunto.

José tomó los signos vitales de María, después revisó su garganta, oídos, nariz y él pensativo comentó:

—Pues no encuentro nada.

—Pero doctor ¿cómo que nada, si no puedo respirar?

—Mira María —dijo José— es un ataque de ansiedad lo que estás padeciendo. Estás muy alterada, aun cuando no tienes por qué; sin embargo, te comprendo; he visitado a pacientes en situación similar a la tuya. Mi consejo es que estés tranquila —y dirigiéndose a los dos, dijo— déjenme contarles lo que ocurrió con uno de mis pacientes. Hace algunas semanas me llamaron para asistirlo, estaba aterrado, se sofocaba. Su familia me platicó que él estaba tan inquieto que no quiso esperarme. Él gritaba que lo llevaran a urgencias porque sentía que se moría…

El médico guardó silencio por un momento, para después continuar:

—Apenas salió de su casa, cayó muerto.

La pareja miró al galeno con ojos desorbitados.

—Pero saben qué fue lo peor, que no tenía por qué suceder eso, porque lo que lo mató con toda probabilidad fue un ataque de pánico que paralizó su corazón. Eso no nos puede pasar. No podemos permitirnos morir de miedo. La enfermedad es de cuidado, pero no puede impedirnos el disfrute de la vida. Sigan esta dieta, hagan ejercicio de forma moderada y claro, no se preocupen demás. Quiero verlos más relajados y animados. No pierdan la esperanza —José, como buen doctor, les regaló más palabras alentadoras.

Y más tranquilos y contentos se despidieron: Jesús, María y José.

FIN



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